Programa huérfano
El programa lo hizo alguien que ya no está y nadie tiene el código
Funciona, y por eso lleva años sin tocarse. El día que hay que cambiar algo —un tipo nuevo, un formato, un campo— no hay a quién llamar, y dentro de la base de datos hay tablas que se llaman tabla1.
Describir lo que necesitoCómo se sale de ahí sin tener el código
Sin código, manda la base de datos
Casi siempre se puede leer, aunque los nombres no digan nada y la mitad de las columnas estén vacías. Lo primero es una copia y ver qué tablas se escriben a diario: ésas son el negocio, y el resto son restos de pruebas de hace doce años.
Reescribirlo entero casi nunca hace falta
De veinte pantallas, el equipo abre cuatro. Se reconstruyen ésas con sus datos dentro y lo demás se apaga. Pagar por recrear dieciséis pantallas que nadie usa es el error caro de este tipo de salida.
La horquilla de relevar un programa huérfano
Lo que marca el precio no es el tamaño de la empresa, es cuántas de esas pantallas vuelven. Con las tres o cuatro que se usan de verdad, y un equipo pequeño, la horquilla es ésta. El trabajo de leer la base y entender qué guardaba va dentro: no se cobra aparte porque no es opcional.
Cuéntanos qué hace ese programa
Da igual que no sepas en qué está hecho. Describe qué pantallas abre tu equipo cada día y qué información guarda, que es lo que determina el trabajo.
Lo que sale en la primera llamada
¿Podéis sacar los datos si no tenemos el código fuente?
El código es cómodo, pero lo que hace falta es la base de datos. Con acceso a ella —o con una copia— se puede leer qué hay, entender a qué corresponde cada tabla y traerlo. Si además aparece el código, se usa para entender las reglas más rápido.
¿Y si el programa hace algo y no sabemos por qué?
Se averigua probando: se mira qué guarda antes y después de cada acción. Las reglas que así se descubren se escriben, y ésa suele ser la primera documentación que ha tenido ese programa en su vida.
